¡POR FIN ELECCIONES!

¡Qué alegría! ¡Otra vez elecciones! ¡Cada seis meses! ¡No es necesario esperar cuatro años!

La esencia de la democracia es la decisión del pueblo soberano expresado en las urnas.

Por eso, con buen criterio, los partidos políticos han decidido celebrar elecciones legislativas cada seis meses. No importa lo que se vote, que se vote nulo o en blanco, o que los resultados sean siempre los mismos : ¡lo importante es el ejercicio continuado del voto!

Ellos, los politicos, hacen la pantomima del diálogo, del pacto, de la confrontación, del insulto y la descalificación... y ¡hala! todos, contentos, satisfechos, realizados, ¡a votar!

"¡A ver si hay suerte esta vez y de tanto votar, los votos se decantan hacia mí y los míos!" parecen pensar los ignorantes como si el voto dependiera de las veces que se introduce la papeleta en la urna.

Las leyes,  que se están aplicando (educación,  mordaza, laboral...), el creciente porcentaje de niños bajo el umbral de la pobreza, los dependientes independizados, las universidades obsoletas, la corrupción sistémica, el paro desangrando a individuos y precarias pensiones, los desahucios, los papeles de Panamá, el injusto y desigual reparto de la riqueza...(añádase aquí la larga serie de problemas e inquidades derivadas de la última crisis del neoliberalismo) que nos condujeron a la indignación, son fruslerías, minucias, naderías, insignificacias frente a lo verdaderamente importante de una democracia: que el pueblo, indignado  o no (el tiempo nos habitúa a todo y creemos que el mal se pasa), pueda votar de manera continuada, hasta hacer hábito de este ejercicio  para que una vez automatizado, se integre en nuestro ser humano, haciendo de nosotros individuos "votantes", que no mutantes.

Lo relevante no es mutar, cambiar, progresar, sino votar continuadamente para que la esperanza de cambio no se frustre con la hábil e inteligente acción de nuestros muníficos políticos.

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