EL QUE QUIERA ENTENDER...

No sé por qué, algunos se empeñan en hablar, discutir, dialogar cuando lo propio del ser humano, además de lo más lógico y racional, es enfrentarse, violentarse, pegarse...

Nosé por qué algunos se empeñan en reflexionar cuando lo más humano,  cómodo y gratificante, es odiar, marginar, excluir .

No sé por qué algunos se empeñan en que hay que ceder, respetar, considerar, llegar a acuerdos, arreglos, convenios, cuando lo más gratificante y entretenido, si no compartes mis ideas, es caricaturizar, obstaculizar, parodiar, satirizar, zaherir, o directamente exterminar: ¡aquí las medias tintas no valen! ¡Qué sociedad sería esta si cada uno tuviera las suyas! Ideas, digo. Pensamientos, digo. Sentimientos, digo.

No sé por qué algunos se empeñan en que hay que convivir, cuando lo que te exige tu instinto es vivir tú y los tuyos... y, por supuesto, lo mejor posible, aunque ello suponga arrebatarles violentamente a los otros lo que les corresponde.

La actitud que sigo en mi casa, en el vecindario, en el aula, en las tertulias, en el curro, en el despacho, en convenciones, en congresos profesionales y académicos, en las reuniones de comunidad y en otras asambleas locales, comunitarias, nacionales e internacionales sociales, laborales y, sobre todo, políticas... consiste en lo siguiente: que alguien me lleva la contraria o plantea matices a mi opinión, lo señalo, le insulto, lo aíslo, le anatematizo, y, útlimanente, si me lleva al hartazgo con sus reticencias y obecaciones... le pego un tiro.

Esto que sigue lo comento exclusivamente para los íntimos: mi ritual, cuando paso por las cunetas y demás fosas comunes, consiste en afear a estos cadáveres el no haber abrazado mi opinón, mis ideas haciéndoles ver que no les habría costado tanto dármela para, así, haber podido seguir viviendo bajo el mismo cielo aunque, por supuesto, en diferente suelo; no son buenas las mixturas, los mestiazjes...

Con esta práctica de vida, estoy recibiendo  reconocimientos, agasajos, menciones... ¡Cada vez más!

Muchas entidades oficiales, grupos de humanos, sociedades diversas y, desde luego, particulares, a nivel individual, requieren, reclaman, se disputan mi dedicación y liderazgo. Me consideran un adalid  del ahorro y de la justa redistribución de la riqueza.

Según dicen los que lidian por mí, es porque estoy contribuyendo a disminuir el paro, el gasto social en pensiones y dependencia, resituando las inversiones en cultura, en infraestructuras, en educación y salud.

¿Será debido a los que fallecen por contradecirme?


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