DESENCADENANDO CONFUSIONES I

Quien ahora dice sí y al rato, sobre lo mismo, dice no.

Quien pacta y rompe el pacto.

Quien oculta información y la escalona a beneficio. 

Quien pide ayuda y la rechaza para, acto seguido, abanderar lo rechazado.

Quien en reuniones defiende un tema y al acabarlas demuestra estar ya luchando por otros.

Quien calla su intención al ser preguntado y luego dice que no se le escucha. 

Quien espera a que el otro declare su opinión para poder decantarse por la contraria. 

Quien pide algo y lo rechaza cuando se lo dan. O quien no la pide y la exige cuando ha pasado el plazo. O quien al darle siete, los acepta, pero se enrabieta para que la entrega sea alterna y en tajadas

Quien necesita que le pongan los límites para reaccionar contra lo que daña y mata. Y se molesta y ofende porque se los ponen.

Quien razona que es el miedo y no el virus...

Quien pone en la misma báscula porcentajes de muerte y negocio.

Quien achaca el mal a la conjura exterior, mientras comercia con ella.

Quien se exhibe en enigmática imagen  transida de más allá ¿Víctima abnegada de la incomprensión ajena?

Quien opone ignorancia interesada a ciencia y realidad.

Quien ondea la libertad para afirmar  clasismo. 

Quien trafica con mayores con UCIs y residencias .

Quien abre hospitales sin justificar, ni planificar.

Quien abunda en incoherencias en su discurso. O quien al ser preguntado responde por peteneras y hace imposible el dialogo por carecer de argumentos o no estar en la onda.

Quien, de manera evidente y verificable hace todo eso y se lo atribuye al otro.

(El púgil, ya en el cuadrilátero, frente a su rival, tras el primer intercambio de golpes, se pone a  hacer solitarios, a jugar al parchís, a proponer adivinanzas, a hacer abdominales... Al ser requerido por el árbitro, se revuelve violento contra este enarbolando su derecho a  la libertad de acción. Cuando el contrincante intenta aportar motivos para continuar la pelea, aquel, indignado, cargado de razones,  recurre a los jueces de silla y les exige la remoción del árbitro por animosidad manifiesta y la descalificación del contrario por juego sucio consistente en acoso sicológico.

El público no entiende nada.  El público no reacciona. Sentado en sus asientos, el público permanece). 

Quien practica este comportamiento errático, irresponsable, arbitrario, voluble, caprichoso, inmoral, carente de base intelectual, emocional y racional, o necesita que hablen de él por necesidad patológica,  o es la actitud egoísta de un adolescente mimado, maleducado, tiránico, cuya personalidad inmadura está pidiendo a voces educación moral, terapia sicológica o correctivo social.

En estos casos, tras la intervención oportuna de los especialistas y el transcurrir propicio del tiempo se alcanza la solución del problema.

¿Pero qué solución podemos esperar cuando el caso es atribuible a un alto responsable político de quien  depende la salud, el bienestar y la vida de millones de ciudadanos?


P.D. Aunque no creo que el símil pugilístico sea el áas adecuado para ilustrar la práctica Política, lo uso, aquí intencionadamente para dar imagen real y fiel de las formas -espero que no sustancia, en terminología aristotélica- que han adquirido en nuestra España.


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