DESENCADENANDO CONFUSIONES II
Decíamos hace unos días que el listado de malas prácticas políticas podría “justificarse”—aunque las consecuencias para el ciudadano seguirían siendo igualmente trágicas— cuando es achacable a inmadurez adolescente o algún tipo de patología mental.
(Las
recuerdo: Quien ahora dice sí y al rato, sobre lo mismo, dice no/ Quien
pacta y rompe el pacto/Quien oculta información y la escalona a beneficio/
Quien pide ayuda y la rechaza para, acto seguido, abanderar lo rechazado/ Quien
en reuniones defiende un tema y al acabarlas demuestra estar ya luchando por
otros/ Quien calla su intención al ser preguntado y luego dice que no se le
escucha/Quien espera a que el otro declare su opinión para poder decantarse por
la contraria/Quien pide algo y lo rechaza cuando se lo dan/ O quien no la pide
y la exige cuando ha pasado el plazo/ O quien al darle siete, los acepta, pero
se enrabieta para que la entrega sea alterna y en tajadas/ Quien necesita que
le pongan los límites para reaccionar contra lo que daña y mata. Y se molesta y
ofende porque se los ponen/ Quien razona que es el miedo y no el virus.../
Quien pone en la misma báscula porcentajes de muerte y negocio/ Quien achaca el
mal a la conjura exterior, mientras comercia con ella/ Quien se exhibe en enigmática
imagen transida de más allá ¿Víctima abnegada de la incomprensión ajena?/
Quien opone ignorancia interesada a ciencia y realidad/Quien ondea la libertad
para afirmar clasismo/ Quien trafica con mayores con UCIs y residencias/
Quien abre hospitales sin justificar, ni planificar/ Quien abunda en
incoherencias en su discurso. O quien al ser preguntado responde por peteneras
y hace imposible el dialogo por carecer de argumentos o no estar en la onda/
Quien, de manera evidente y verificable hace todo eso y se lo atribuye al
otro).
Pero podría atribuirse –que es lo
más realista– a otras razones: ambición personal, egoísmo, búsqueda del control
del poder económico/político. Entonces estas prácticas vendrían a constituirse
en artimañas políticas desprovistas del más mínimo sentido ético. Nos
estaríamos situando en el más deplorable nivel de lo político, aquel que defiende que todo es válido para lograr el fin pretendido; en ese concepto de política que
contradice la etimología y el sentido mismo del término “política”; la que se
ejecuta a través de la no-política y se sustituye por la economía. Se trataría,
en fin, de la política de quien la hace con la mirada puesta, exclusivamente,
en el medro personal –o en el del grupo impulsor– y en lograr el poder a
cualquier precio, pretextando, además, que quien ahora lo detenta ha llegado a
él de manera ilegítima sino ilegal. Esta idea y práctica nada tienenque ver con la política ocupada y
preocupada por el ciudadano, que es lo que la dota de sentido.
Como a la protagonista de tal praxis, la considero incapaz de gestionar tanta floritura intelectual –por más que esté aconsejada por un cínico desaprensivo–, me decanto por la siguiente alternativa:
Quien así actúa políticamente, es
una marioneta –con mucha resistencia al ridículo; eso sí–. Marioneta, no de
quién la presenta como su modelo a imponer en todo el país (de cuyas luces
también tengo mis sospechas), sino de un entramado neoliberal sin escrúpulos
que considera que España sigue siendo una finca de su propiedad, desafortunadamente “okupada”,
hoy, por “advenedizos horteras con ínfulas de ciudadanos”, hecho en el que
encuentran la justificación para su violencia verbal, sus tropelías y
corruptelas, su bloqueo de las instituciones, sus continuas y descaradas
mentiras… herramientas con las que creen poder dar vida a la democracia.
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