SALVAR LA NAVIDAD
A las multitudes les prometieron las luces y se las pusieron.
Y porque se las pusieron, las multitudes,
agradecidas y jubilosas, fueron y pasearon entre ellas y las admiraron y, peculiarmente
excitados, se rindieron al febril uso y abuso de la transacción y la mercadería.
Y los mercaderes, alborozados, recontaban y recontaban el oro de sus alcancías.
Al poco tiempo de esta frenética dedicación,
ciertas emanaciones lumínicas, tras dañar sus retinas, fueron penetrando en los
deslumbrados admiradores que, progresivamente adormecidos, fueron cediendo en
su algarabía hasta que sus mentes corrompidas o descompuestas debilitaron sus
cuerpos y, entre risas histéricas, yacieron exánimes bajo el voluptuoso deslumbramiento.
Bajo rutilantes luminarias, quejosos
y gesticulantes, los mercaderes imprecaban, por la cesación de la actividad, a
los iluminados que alfombraban las calles de los mercados. Mercaderes
que, después de transar con la ululante nada de callejas y callejones vacíos se
avinieron, ellos mismos, a tapizar las calzadas con sus onerosos cuerpos.
Las luces se perpetuaron…
No sabemos cuánto…
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