Mañanas
I
Raysa se ha
despertado. (En verdad sólo Alá, el poderoso, el omnisciente, el misericordioso
sabe si se ha despertado o si sólo continúa en esa duermevela en que te sume el
mordisco del hambre).
Llueve en el
desierto.
La rata, el crótalo,
el zorro están sorprendidos. Se confunden con la arena, en sus madrigueras. Los
cactos, dicen, se alegran y tratan de
pinchar las lágrimas con sus espinas.
Raysa ha dado unos
pasos. Extiende las manos. Creemos que el agua le embriaga, le tonifica antes
de caer de bruces. También se confunde con la arena. Otro día, hoy no parece
propicio, las alimañas darán cuenta de sus despojos calcinados.
II
Jhon se acaba de despertar en su suite del Savoy y
ya le han tenido que poner de malhumor: ¡las tostadas que le han subido para desayunar están un poco pasadas! ¡Es
increíble la poca profesionalidad del servicio de cocina!
No tiene ninguna urgencia, pero siente que están jugando con su tiempo. Y ¡el tiempo es oro! ¡Y ¡el tiempo es suyo!
Le han tenido que subir otro desayuno y, claro, eso le retrasa en su transcurrir.
La contrariedad le va a acompañar ya todo el día porque sabido es que Jhon es muy, pero que muy, sensible.
No tiene ninguna urgencia, pero siente que están jugando con su tiempo. Y ¡el tiempo es oro! ¡Y ¡el tiempo es suyo!
Le han tenido que subir otro desayuno y, claro, eso le retrasa en su transcurrir.
La contrariedad le va a acompañar ya todo el día porque sabido es que Jhon es muy, pero que muy, sensible.
III
Hay mañanas que te
sacuden el cuerpo y te arrebatan del sueño del miedo. Luego a medida que te vas
levantando, se te va escurriendo, como si se disolviera con el contacto del
agua en la ducha, con el contacto del aire de las habitaciones distintas a las
que has dormido: has penetrado en el horror del día y en el se disuelve el
miedo que había en el sueño; es que te has deslizado hacia el horror habitual
del día y en él ya no adviertes el miedo: eres el monstruo insensible de la
acción, de la huida, de la
impremeditación. Luego llega la noche y le pides al miedo que vuelva, le ruegas
al miedo que te llene para poder sentirte vivo de nuevo.
(Es que hay
habitaciones como cárceles que te atrapen en horribles sueños, en terribles
sensaciones).
IV
Te levantas y está
gris, muy gris. Las nubes bajas y oscuras, como si fueran a aplastarte. Podrías
abrirlas, casi, con tus dedos, si pudieras levantar los brazos al espacio.
Pero tu cuerpo ya lo sabía. Te levantas y ya lo sabía tu cuerpo. Está
empequeñecido, pesado. Pareces más pequeño que nunca y tus ojos parecen no
poder separar un párpado del otro. Pero algo similar le ocurre a tus brazos que
se acomodan junto al cuerpo y a tus piernas que en vez de andar se arrastran y
a tu cuerpo que parece un pesado muñón y a tus ideas que no afloran.
Lo único agradable es
cuando llegas al trabajo y adviertes que a tus compañeros les ocurre lo mismo.
Entonces ya sabes que
es el cielo, que te pesa, que te hundes que te aplasta y que te empequeñece.
V
Hay manañas y
manañas. Mañanas que se te agarran a la mente y no te dejan dormir. Hay
mañanas.
VI
Me he despertado y me
he acercado a la ventana. He pegado la cara al cristal frío y la noche me ha
anegado el cuerpo y el alma. La oscuridad azul y las estrellas brillantes
y frías han ido cediendo lentamente su lugar al sol y al azul claro bajo el
empuje de un aliento de blancor luminoso que va confiriendo existencia al lejano
bosque, al pie de la montaña nevada, mientras proporciona realidad de
cristales de verdosa y azul transparencia al lago; los caminos, con el albor,
empiezan a serpear y la cinta gris flanqueada por los hilos blancos de la
carretera amanece silenciosa apenas hollada por esporádicos automóviles.
Suena la sirena. No
sé cuánto tiempo ha transcurrido.
Segundo toque de la sirena. Separo la cara
del cristal de la ventana. Un sonido metálico golpea la puerta. Al retroceder
con la mirada puesta en el paisaje, choco con el catre y el panorama exterior
se trunca por los tres barrotes de la celda, como secuencias rotas de un diorama continuo: bosque, montaña y
lago; marrón y verde de los pinos, blanco de las laderas nevadas, amarillo del
sol omnipresente, y azul del cielo y del lago todo ello dividido. Me visto
aprisa, sin asearme. El desayuno espera.
VII
Después de la homilía
de ayer difundida a todo el país por la televisión estatal, el obispo ha
dormido muy mal. Profundas ojeras le demacran el rostro. El cuerpo le pesa como
un saco informe. Su espíritu está acorchado. No es para menos: ha levantado,
con sus irreflexivas y absurdas palabras,
la ira de toda la ciudadanía y, en especial, la de los colectivos LGLT. Lleva
veinticuatro horas de ardua lucha consigo mismo. Él sabe que lo que ha dicho,
no debía haberlo dicho, pero también sabía que aunque no quería, él iba a
decirlo. No podía ser de otra manera para regocijo y anuencia de la jerarquía.
Es la lucha de toda su vida.
La mañana del Viernes
Santo para comprobar el cumplimiento del profetizado milagro, tenía que
quitarse el vendaje del pubis… Pero comprobó que aquello seguía allí, aquello
con forma de cañón, ¡tan denostado! ¡tan rechazado por él!: las dos bolas
peludas flanqueando la execrable excrecencia,
que, al desprenderse de él la última vedija de tela se empinó y escupió su
larga contención.
El dios le había
vuelto a jugar una mala pasada.
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