Microrrelatos


En cuanto a la gota de té formada por la gravedad, la tensión superficial y la cohesión molecular del líquido, te puedo decir que ya cayó y fue a parar a mis pantalones de paño gris.

II

ENTIERRO ROMÁNTICO
Fue un entierro normal. Acudieron los familiares y amigos. En el silencio insólito, la caja chocaba con las paredes de la fosa al ser descendida. Las primeras paladas bajo la brisa de los abetos; las últimas...Todo el mundo regresó a sus casas.

III
Ahora resulta que unirse la noche y el día es bello. Allí estaba el sereno, en el funeral. Resulta que en la persona del muerto, cuando vivía, se unían la noche y el día.

IV
Era amiga mía. Ahora sus restos los mordisquea, llevándolos de aquí a allá, un galgo escuálido y legañoso.
A las puritanas, cuando se oyó el golpe violento y seco con el ferrocarril, sólo se les ocurrió decir: "ha muerto en pecado". Entonces ya acarreaba su llanto, su pelo desgreñado al viento, las faldas rotas y el pecho fuera.
Con saliva escapándose de los labios, el obseso musitó: "se ha puesto morada". Y esto fue cuando, tras la acción de los sádicos violadores, le corría muslos abajo, muy roja, la sangre.
Pero lo más desesperante es que se había manchado, también, por la parte de detrás, la falda de pequeños cuadros blancos y grises.

V
De una vez se quitó la sábana y mantas. Se había levantado. Arrastró los pies por el suelo frío en busca de las zapatillas. Abrió con sigilo la puerta para no despertarme, las zapatillas siseaban al rozar el suelo. Sonó una ventana al ser abierta. Todo quedó como antes. Me asomé yo y, en efecto, sólo la había abierto para arrojarse por el hueco que deja.

VI
Eran voces agónicas, lamentos guturales, gemidos perentorios, pertinentes a ese paso único en la vida. Yo seguía sentado. Ya debían estar todos muertos. Fui a cerciorarme y, efectivamente, todos seguían allí, sentados y charlando entorno a la  camilla.

VII
Cada conversación era un misterio, una incomprensión, un silencio. Había quien después de cada una, guardaba un silencio soberbio, solitario. Escuchaban sus palabras. Quizá lloraran. Los hombres habían quedado atrás.

VIII

PRIMAVERA
Hoy ha entrado por nuestras ventanas, por nuestras puertas. En el ambiente se respiraba y lo sentía en la forma de pegarse al cuerpo la camisa y en los espacios de aire que dejan. Hoy ha entrado, otro día se marchará. Pero sabemos que siempre, que siempre ha de volver con su silencio, su fragancia, su caricia.

IX
Se elevó el murmullo indefinible a varias decenas de miles de decibelios. Me dirían, seguramente, que lo cotidiano en algún momento había de romperse; sin duda: que todos: coches, fábricas, emisoras de sonidos, voces humanas, se habían puesto de acuerdo en un momento dado para acordarse de sus autónomas existencias, del sentido de sus libertades, lo que les permitía romper varios millones de tímpanos. Sin embargo, si me lo dijeron, se engañaron. Me había asomado a mis ojos y, sepultados los oídos, auscultaron el silencio: no había ladrillo, sobre ladrillo, ni cantera abierta, ni títere sin cabeza; sólo una vasta planitud, una desteñida mediocridad. Alguien debió haber arrojado una bomba atómica o de hidrógeno. (3-2-74)

X
Revisionista, bohemio, andantino de tercera, estructuralista, demagogo, puritano, analista de factores sanguíneos, programador, transformacionista deletéreo delincuente conchabado páupero rojo elector falsario cornudo generativista baconiano imperialista hijo de puta izquierdas...

Le desaté minuciosamente las ligaduras, que por haber servido de cataplasma a sus heridas, dejaron correr la sangre. Volví a colocarlo en la silla mientras las paredes blancas se compungían en arrugas rojas. Una vez dispuesto, le apreté el cuello con las manos venciendo la resistencia de sus esternocleidomastoideos.
Parecía sonreír el revisionista, el bohemio… ¡el hijoputa!
(3-2-74)
XI
Tenía cuatro años, la tripa hinchada donde le corrían las hormigas, y los brazos y las piernas, finos fémures que bien dispuestos harían melódicas flautas. Tenía todo eso. ¡Ah, sí! y dos grandes globos oculares, saltones como si pugnaran por salirse de sus cuencas.
Luego la televisión, en su crónica, nos describió minuciosamente cómo entraron en ellos las bayonetas de los soldados, mientras el niño buscaba la jungla.
4-2-74
XII
Fui a buscarla y la encontré en el portal. Iba para llevármela y correr una gran orgía. No llegué a comunicárselo.
La abracé; estaba como siempre, entre mis brazos.
Entonces supe que la había estrechado para consolarla. Sus lágrimas saltaban muy tímidas y sus ojos lo denotaban muy claramente.
Años antes cuando ella escribía aquellos poemas, que nunca debí leer, no hubiera comprendido su llanto. Unos días después la acompañaba a su funeral.  
1973
XIII
Golpeó como
la innúmere campanada
y sentí
que había muerto

Al preguntarme por el tiempo corrí a pulsar mi muñeca derecha con la mano izquierda dejando que esta exhibiera el minutero de la cajita redonda con agujas de hilo.
Al principio me bastaba con dejar correr un cuarto de círculo presionando con las yemas de mis dedos sobre la yema que corría, levemente azul, entre huesos y tendones, mientras pensaba en las habitaciones cerradas y sus objetos secretos,  inexistentes, que yo me empeñaba en hacerlos coincidir con los conocidos. Dieciocho, al cubrir el primer cuadrante y se me escapa, solo, el pensamiento tras el infernillo enchufado que no da calor en la habitación cerrada.
14-4-74

XIV

Como hojas de un otoño rebelde se deslizaban de la bóveda plana y gris los sones, aldabadas primeras, arrancados de la tumba.

Enérgico, rompiendo nubes, metamorfoseando vegetaciones, el sudor empezando a correr por las frentes y los rostros en alto.

XV

EL SÍ

           "La lluvia de fuego que lentamente devoraba la ciudad" es la esperada profecía por llegar... Estamos angustiados, decepcionados con la Palabra: caminamos aherrojados por el horror gratuito sin que nada se conmueva en este emporio del desprecio, la indiferencia, la corrupción, la injusticia, el desgobierno y la desigualdad.
            Al llegar al silo viejo, la silueta humana se hizo presencia leve en la penumbra. La multitud, expectante de otra luz, abarrotaba la explanada.   
              Apesadumbrado, dije:
              - La lluvia de fuego que...
              - Sí. Otra mentira; ve y díselo a los que esperan. Que cojan el grano y lo diseminen por todas partes.
              - ¡Usted también con parábolas? No las quieren. Ya a ve a donde conducen. 

XVI

LA CARCAJADA


Y se ríe.Más que reírse, se descojona. No entiendo como alguien puede reírse tanto. Se dobla, sobre sí mismo y acaba llorando.Y total porque le han dicho que se ha proclamado la República Independiente.

XVII

HACIA EL ABISMO

Vuelve a pedirme que le empuje. Bajo la cabeza. El imponente acantilado a nuestros pies nos muestra un sol que huye del mar
El silencio, tramado de viento y del fragor del mar contra el acantilado, estalla en el agónico crepúsculo de rojos y violetas que rielan sobre las olas.
—Si me quisieras, acabarías con esto— Es el mantra que arguye, una y otra vez, con constancia destructiva de oleaje.
— Te lo prometí, cariño, es verdad, pero soy incapaz de hacerlo.
Ya solo oscuridad sobre el mar inmóvil. Y caminar tortuoso hasta la carretera por la planicie abrasada de lo alto precipicio que mira al mar.
Entramos en el coche y continuamos nuestro camino hacia el Centro de Cuidados Paliativos.

XVIII

LA CITA

A las once y veinte, cuando hubo transcurrido el tiempo en el que la cita, a la que nunca le hubiera dejado ir, se había hecho imposible y, una vez que sus gritos de rabia, su violencia impotente y sus llantos desesperados habían cesado, entré en la casa.
No estaba en el salón, ni en el aseo, tampoco en la cocina: no estaba en ninguna de las dependencias de la planta baja. Antes de subir me pasé por la pequeña despensa y las llaves, efectivamente, no estaban en la patata: ¡las había encontrado!  Se oyó el motor y el coche alejándose a toda prisa; enseguida un  prolongado derrape, un golpe contra la roca y la explosión.
Horrorizado aún, alcancé a pensar: ¿le podría haber ahorrado la angustiosa y violenta búsqueda de las llaves?

XIX

MARTA 

          Se quedan discutiendo dónde pondrán el sofá un tiempo disparatado... Pero lo mismo harán con la mesa, con la librería…
          Discutir: es lo que han hecho durante estos cincuenta años de vida en común con cada uno de los ínfimos detalles que vertebran su vida en pareja.

        La tensión verbal, la confrontación dialéctica, es para ellos fuente inagotable de satisfacción intelectual, chispa de vida, que les mantiene dinámicos, al tiempo que da armonía su relación.

El lugar del sofá y de todo lo demás lo decidió Marta, la menor de las hijas, en cuanto llegó.

XX

          Compró el pescado. Al llegar a casa lo lavó durante un buen rato bajo el agua. Lo frotó  con un raspador. Las escamas saltaban hacia el gato, que las esquivaba encaramado en la encimera, mientras observaba goloso el besugo hasta que, víctima de su instinto, le echó la zarpa. Nicolletta, de un manotazo, mandó al felino al suelo. Se limpió las manos. Sacó el tarro de sal. Tomó una fuente. Extendió aceite en su fondo y colocó dentro el pescado. Tras rociarlo con caldo de un concentrado, sazonó el pescado. Añadió una pizca de especias. Hizo unos cortes en los lomos e introdujo en ellos las rodajas de limón, que  había cortado Tomás. El horno, ya precalentado, abrió solemne su boca para, veinte minutos después,  regurgitarlo convertido en el suculento manjar que hace las delicias de la pareja... y del gato.

RECUERDOS

20+20

         Cuando de niño me preguntaban cuántos segundos tiene un minuto, intuyendo la premura de algún mandado que me separaría de mi actividad preferida, contestaba indefectiblemente que 20+20 (lo veía así escrito, en números y con el signo matemático). Y aclaro que mi actividad preferida era -y lo sigue siendo- perder el tiempo, vagar por el espacio físico y el metafísico, el real y el irreal de mi mente... Así era como yo interpretaba el "flâner" de Le petit prince. (Saint-Exupery). Por supuesto, el 20+20 hace referencia a los segundos y no añadía los veinte faltantes porque sin duda de cada uno de los minutos iba a reservar una parte importante de ellos para mí, para mi solaz (flâner). De esa manera el tiempo crecería desde dentro porque nadie hacía caso a un niño que contestara de manera absurda. Todos pensaban que dedicaría todo el tiempo a la misión encomendada.
        Tales elucubraciones sólo se las contaba a mi hermana de la que nunca supe el porqué de llamarla "rosario", si no estaba hecha de bolitas ensartadas por una cadena o un cordón. De esta reflexión mía podréis concluir la intensa formación religiosa del ambiente en que me eduqué, circunstancia que no me había impedido leer a muy corta edad la historia del príncipe niño que vagaba por los mundos planetarios.
           Después supe que estábamos efectivamente hechos de bolitas (llamadas átomos). Sin embargo, intuía que aquello era algo que se podía pensar pero no decirlo. Muuuucho más tarde -aunque no tanto como para que yo pudiera ya entenderlo- me lo explicaría Rosario. Incluso, la primera vez que supe de Demócrito no lo entendía aún.
        Yo estaba convencido, por su color, por su fragancia, por su belleza, ¿por su fragilidad?, de que su nombre más bien procedía, por una parte, de la flor del príncipito vagabundo de planetas, dada la coincidencia inicial con las cuatro letras: r-o-s-a, y, por otra, de la corriente de agua que, sin duda, la hacía, lozana, fresca... Cuando le comunique mi creencia, ella se sonrojó levemente, adquiriendo ese tono frágil, aterciopelado y rosáceo, incapaz de esconder su vivaz sonrisa… Y ya no me quedaron dudas acerca del origen de su nombre: 'rosa'-'rio'.
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